Mario Arriagada Cuadriello: La Caravana cruza la frontera

Una marcha fúnebre cruzó el Potomac en las vísperas del 11 de septiembre y se apostó en el umbral de la iglesia de St. Stephens para almorzar.
No estamos aquí para triunfar peleando, ni con ardides o resistiendo,/ ni para luchar con bestias como hombres./ Hemos combatido a la bestia/ y la hemos vencido. Ahora sólo nos queda/ vencer por el sufrimiento. Ésta es la victoria más fácil./ Ahora es el triunfo de la Cruz, ahora/ ¡abrid la puerta! ¡Yo lo ordeno! ¡ABRID LA PUERTA! Asesinato en la catedral, T.S. Eliot1

Un generoso templo bautista que, como otros luteranos y metodistas, ha hospedado y alimentado a la procesión de dolientes mexicanos. Mientras la iglesia católica brilla por su ausencia, la tradición del buen samaritano sigue muy viva entre las comunidades protestantes. Esa noche hacen una vigilia y, al amanecer, encuentran las banderas de la ciudad a media asta. Pero sus muertos son los muertos de una familia distinta y de un poblado lejano. 11 de septiembre, Washington. Son alrededor de 80 mexicanos y 30 estadunidenses, de al menos 10 organizaciones distintas, los que arrastraron sus lamentos por nueve mil kilómetros. Los hicieron audibles en 25 ciudades del país en un periodo de 31 días. Protestaron contra el gobierno de una nación distinta a la suya. Lloraron a sus muertos en otras tierras porque las consideran víctimas de una política de prohibición que se asienta más allá de las fronteras y que —como la del alcohol en los años treinta— ha generado un mercado negro muy violento. Uno que se ha intentado solucionar mediante un acto de autoridad internacional llamado “guerra contra las drogas”. Con enormes sacrificios y considerable candidez, los dolientes y sus aliados protestaron frente a muchas autoridades locales y nacionales en época electoral, una en la que nadie escucha más de lo que quiere escuchar. Pero también se solidarizaron con otras personas, con otros grupos. Los daños colaterales de la prohibición de las drogas, de la desregulación de las armas y de la poca severidad con que se castiga el lavado de dinero, son muchos y muy dolorosos. De entre los aliados y asistentes nadie recuerda otra marcha binacional como ésta. Una que haya iniciado en México; que haya cruzado ese primer umbral que es la frontera; que haya conseguido aliados, atención y algo de financiamiento en ambos lados; que haya pedido un cambio de la política interior y exterior de Estados Unidos; que luego haya vuelto a su lugar de origen en perfecto orden. Es una trashumancia pionera. Desde que la embajada estadunidense en México tramitó algunas visas a los familiares de estas víctimas de la violencia, y dio su anuencia al paso del contingente, pareció que una mano invisible suavizaba el tránsito del grupo por garitas, retenes, plazas y avenidas. El enemigo a vencer: la idea de que la prohibición funciona, que es un asunto meramente doméstico y que la violencia es un asunto exclusivamente mexicano o guatemalteco o colombiano. El objetivo: que la violencia en México no sea vista como algo que se puede contener con muros más altos y con armas más largas. Las comunidades latinas estadunidenses, sin embargo, no están completamente conscientes del debate. Ésa fue una de las razones por las cuales fue un viaje difícil, con resultados inciertos, que fue a cultivar y no a cosechar.

Una capital alba y sorda

El poeta que le sirve de centro a un conjunto disímil de víctimas y organizaciones exclama sonriendo una frase anticuada: “órale, ya llegamos al corazón de la tenebra”. Washington D.C., en esta temporada, está blanqueada por el sol. Es limpia y parece parsimoniosa cuando jamás lo es. La tropa, a su llegada, estaba agotada y a merced de los intermediarios políticos. Aunque se repitió muchas veces en el camino que se buscaba “hablarle con la verdad al centro del poder”, las jornadas que precedieron la última no dejaron en claro que eso sea lo más importante. Es probable que no lo sea. Las miradas se distraen con facilidad. Han pasado por barrios bravos en Chicago, en Baltimore, en Brooklyn. Han visto enormes complejos penitenciarios en Arizona y zonas paupérrimas en Los Ángeles, en los valles de Texas, en Jackson, en Montgomery y en Louisville. Mientras tanto, los cabilderos de WOLA y otras organizaciones de buena voluntad que operan en los pasillos del poder comienzan a entrenar a los familiares de las víctimas de la violencia. “Lo mejor es que cuenten su historia”, explica una mujer en camisa azul, pencil skirt y tenis para correr que desaparecen en cuanto llega a la oficina: “quizá con sus historias alguien pueda ver cómo conectar mejor en el Capitolio lo que está pasando en México”.

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El día de la llegada de la Caravana por la Paz, México se llevó buena parte de la primera plana del Washington Post: “la creciente clase media [mexicana], que se está convirtiendo rápidamente en la mayoría, está comprando más productos estadunidenses que nunca; mientras tanto convierte a México en un aliado cada vez más democrático, dinámico y próspero”.2 El optimismo clasemediero había llegado primero y había llegado mejor que la agenda de seguridad. En el mitin de Liberty Square, toca el turno final a un poeta que alguien describió como “suficientemente anarquista para no ser político y suficientemente católico para no ser liberal”. Nada de eso parece preocuparle a él ni a nadie. En cambio, el poeta, antes de subir al escenario, echa un vistazo al poco público y a la magra prensa y farfulla a los cercanos: “¿Y ora qué? ¿Otra vez a la autorreferencia?”. Eso parece preocuparle un poco más. Pero lo cierto es que, finalmente, por ahí rondan medios como Al Jazeera, EFE, Reuters, el New York Times y algunos más. La caravana no ha logrado movilizar grandes cantidades de personas pero sí ha logrado despertar cierta curiosidad y cierto interés entre los de arriba: activistas, académicos y algunos políticos. Tuvo mucha cobertura de medios locales, de algunos nacionales e internacionales. Hasta la subsecretaria de Estado para la Democracia y Asuntos Globales, María Otero, acudió al llamado. Pero todo fue bastante distante y hubo varias plazas vacías. Ésa es una de las medidas de su éxito y también de su fracaso, pero no es la única.

Las estrategias de los débiles

La caravana tiene unos cuantos mecenas generosos, trabajadores y de buen nombre, pero eso no quita que el contingente haya dormido en el piso la mayoría de los días y que haya ingerido los carbohidratos de un año entero en un solo mes. Ted Lewis, un viejo amigo californiano del zapatismo, Global Exchange, ha sido crucial en organizar todo, buscar aliados y recaudar fondos. Lewis, quien alguna vez fuera comidilla de las autoridades mexicanas por organizar zapatours, ahora ha colaborado en esta suerte de Ultimate All American Political Road and Rally Tour. Otra organización californiana, Drug Policy Alliance, fue instrumental para lanzar el proyecto y apoyar con personas y con ideas durante todo el camino: ellos traían los números que a otros les hacían falta. Pero aunque se concentra en cambiar las políticas públicas, sus estrategias de incidencia incluyen caravanas como ésta. Algo similar ocurrió con Law Enforcers Against Prohibition y las organizaciones latinas Presente.org, NALACC y Border Angels. Suzanne Gollin es quien encabeza la Angelica Foundation, un fondo de ayuda con base en Santa Fe, Nuevo México. Un estado que se reveló como un enclave de apertura y solidaridad, muy distinto al de su vecino Arizona. Angelica Foundation donó y recaudó fondos junto con Global Exchange de varias fuentes como el Open Society y la Sigrid Rausing Trust. Pero esos miles de dólares tuvieron a bien acabarse a medio camino, los aliados locales no pararon de conseguir al vuelo todo tipo de donativos en especie. No todos los triunfos ocurren por la razón o por la fuerza. Esta caravana parece confiar en otros métodos, los métodos retóricos del débil, tan antiguos como la humanidad: conmover, sublimar el sufrimiento, confundir al enemigo, presentar el caso propio como señal de los tiempos, profetizar hecatombes. La centralidad de los testimonios de los familiares de las víctimas son el corazón indiscutible de la caravana. Los aliados estadunidenses, confiados del poder de la razón, mostraban algunos de los números más indiscutibles del fracaso de la prohibición. Sin embargo, en todo lo demás, la caravana tuvo en Javier Sicilia a su vocero principal. En Austin, Texas, Sicilia le dijo a un periodista: “Soy un poeta. Me muevo por intuición. Puedo intentar hablar de la esencia del problema, eso es todo. Nosotros no planeamos”. Cuando le preguntan qué resultados espera, él contesta: “la lógica instrumental no es importante para nosotros”. Cuando alguien más le pregunta al poeta cuál es su agenda, él responde: “no, propuestas no, yo sólo tengo algo que contar”. En México se ha confundido esta posición con una actitud antipolítica. En cambio, en Atlanta, en Montgomery, en las iglesias negras del sur se entiende muy bien que esa actitud es tan política como la que más. Su intérprete al inglés, John Pluecker, lo explica de la siguiente manera: “como dijo en la capilla de Mark Rothko en Houston, el capital y los políticos están creando un lenguaje puramente instrumental […] el trabajo del poeta es regresarle al pueblo el lenguaje […] las palabras que les han sido robadas”. Y el poeta acompaña esta retórica antipragmática que “no habla como los poderosos”, con amenazas: “como me ven se verán”, dice en California y en Arizona. También denuncia: “La economía del progreso entró en crisis… Esta economía ya no funciona, tenemos que volver a economías pequeñas, economías pobres, de subsistencia. Aunque suene fea la palabra”. También clama por la defensa de las libertades. Asunto que asocia con la lucha contra los prohibicionistas que se “alimentan de represión” y por eso, también, defiende el derecho a consumir lo que uno quiera. Pero como los mejores profetas populares, Javier Sicilia es apocalíptico en su intención retórica. No abunda mucho en el reino por venir, como suelen hacerlo los que le hablan a los intelectuales (la forma que tomará el reino ideal); abunda más en el final que está ya por llegar, como lo hace el poeta que le habla a los neófitos y mal portados. En la Universidad de Johns Hopkins en Baltimore cautivó a su público con la idea de que estamos frente a un “parteaguas civilizacional”. En el podio universitario, parece sentirse más cómodo: La guerra contra las drogas es un síntoma terrible de la época. Vivimos en un quiebre civilizatorio… El Estado fascista fue rebasado, el comunista también, y quedó el liberal, que también entrará en crisis [porque se ha arrodillado frente a los señores del dinero, a los grandes capitales]… todas son construcciones históricas que tienen que morir, como el imperio romano. Y esos parteaguas son terribles… en medio hay un tiempo ambiguo… Sin embargo, la raíz de su esperanza no es de tipo revolucionario, está en “preservar la civilización”. Y dice: El asalto al palacio de invierno ya no es posible y sirvió para nada. Tenemos que preservar la cultura… tenemos que quitarnos los sueños de revoluciones inmensas, tenemos que quitarnos los sueños de riqueza y de progreso… y debemos preservarnos, preservar el mundo, preservar la humanidad… La retórica de Sicilia sobre las armas y las drogas puede ser de una ambición intelectual ampulosa, pero es también un conjunto de recursos del débil (la amenaza, la profecía) para contestar políticas públicas muy establecidas y muy difíciles de mover. Sin embargo, a fin de cuentas, la figura del poeta místico no ha sido tan importante en Estados Unido como lo fue en México. La recepción no ha sido en estos términos. Es una víctima más. De hecho, como lo explica el intérprete, la gestualidad en el escenario de Sicilia es hermética, es una extensión, una reelaboración de su performance poético; y aunque es un acto de rebelión frente a las formas clásicas de la expresión política, no funciona muy bien en la plaza pública estadunidense.

Lecciones de una ruta atípica

La caravana recorrió los estados fronterizos y después comenzó a subir por Jackson, Mississippi y de ahí hasta Chicago, para luego dirigirse a las grandes ciudades del noreste. Esta ruta, explicó una de las organizadoras, se planeó a partir de una broma antiimperialista: seguir la ruta contraria a la colonización de los territorios. Un gesto simbólico de descolonización de las poblaciones oprimidas. En Austin, Texas, Javier Sicilia dio una conferencia de prensa en las escalinatas de mármol del Capitolio del estado. Un hombre entrado en años está sentado en el piso y recargado en una columna. Es Tom Hayden, el célebre freedom rider que se casó con Jane Fonda, ex congresista californiano y autor de la Declaración de Port Huron, origen del movimiento de New Left de principios de los años setenta. También es articulista habitual de The Nation.

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Hayden no escondió su entusiasmo por la caravana. Explicó que “la ruta de la marcha, en términos generales, no va por el territorio de los blancos liberales”, donde tendría más posibilidades de encontrar un público receptivo. También es sobresaliente, explica, que tampoco va a hablarle a los miembros del Tea Party, a escandalizar o convencer al enemigo. La ruta pasa por la zona latina y negra enclavada en la vieja Confederación y sube a Chicago, es la ruta de las grandes batallas por los derechos civiles, afirma. Es cierto, es una ruta atípica llena de conflictos sociales, marginación y gran disputa política. Se distinguen tres regiones con problemas propios y con actores específicos: la frontera violenta, el territorio afroamericano y las ciudades cosmopolitas del noreste. Cada una trató distinto a la caravana, cada una enseñó lecciones diferentes.

La frontera violenta: Toda la política es local

Desde la entrada por California, la contradicción acerca de la postura estadunidense en cuanto a la legalización de las drogas se empieza a hacer evidente. No queda tan claro si Estados Unidos está a favor o no. El suelo parece estar cada vez más fértil para que se legalice la marihuana y —aunque algo menos— para que se controle más la venta y el tráfico de armas. Entre 50% y 57% de la población ya está a favor de legalizar, según encuestas de Gallup y Rasmussen. Y la mayor oposición se encuentra entre los votantes de la tercera edad de los cuales hay cada vez menos. Es un asunto generacional, se dice. Ese 53% a favor de la legalización ya constituye una pequeña oportunidad para aquellos políticos que quieran tomar riesgos. Si la apuesta paga, podría colocar a cualquier representante en el centro de la transformación de una de las políticas públicas más caras y más ineficientes. El presupuesto federal asignado en 2012 es superior a los 25 mil millones de dólares y, si se suma el gasto estatal y el de las prisiones, el total ronda casi el doble. Ya hay algunos políticos dispuestos a apostar por la idea a nivel federal. Uno de esos candidatos jóvenes es Beto O’Rourke, quien apoyó a la caravana en El Paso. La familia de Beto lleva avecindada en el lugar desde hace cuatro generaciones y sostiene un discurso de hermandad con Ciudad Juárez. “Si es malo para Juárez, es malo para El Paso”. O’Rourke le arrebató la nominación como candidato a representante federal del Partido Demócrata a Silvestre Reyes, un viejo lobo de mar que fue jefe de la Border Patrol y que lleva casi 20 años como representante federal por ese distrito. Es un asiento seguro para los demócratas y es altamente probable que O’Rourke se convierta en congresista en los próximos meses. La posesión de armas, por otro lado, es un asunto con raíces aún muy hondas en lo cultural, pero también es una posición política. Una posición que poco tiene que ver con la autoprotección y mucho con un ethos de resistencia antiestatista. Tim, uno de los conductores de los autobuses de la caravana, dice: “mi hermano es un obsesivo de las armas, un auténtico redneck que no hablaría contigo por ser mexicano; esas ametralladoras de 50 mm con tripié no le sirven ni para defenderse ni para cazar venado, no quedaría nada”. Tim cree que la solución está en que se dé cuenta de que existen países donde no hay armas así, como en Inglaterra, y donde los ciudadanos gozan de plenos derechos individuales y tienen otras maneras —menos riesgosas— de defenderlos. Cómo empujar esa idea sencilla en un ambiente de fetichismo por las armas es un reto que, hasta ahora, nadie ha podido sortear. Mientras tanto, en varias ciudades, alcaldes y consejeros han firmado un “código de conducta” para vendedores de armas que incluye videograbar a compradores para ubicar a quienes estén comprando armas para alguien más. Esta iniciativa la impulsa la coalición Mayors Against Illegal Guns, un grupo fundado por iniciativa de los alcaldes Tomás Merino de Boston y Michael Bloomberg de Nueva York en 2006 y que empieza a tener eco en el sur. El paso de la caravana fue aprovechado por este grupo para convencer a dos alcaldes más para que firmaran uno de sus documentos. Ya son cerca de 800 alcaldes los que apoyan esta iniciativa. También fue notable que los cabildos de las ciudades de Los Ángeles y de El Paso firmaran declaraciones de solidaridad, lo mismo hicieron los alcaldes de Huntington California, Santa Fe y Laredo mediante proclamas con contenido similar. El Congreso estatal de Texas firmó una declaración parecida en Austin. Y, coincidentemente, durante el paso de la caravana por California, el Congreso del estado aprobó una resolución (la SJR-10) pidiendo al Congreso federal y al presidente una reforma de fondo a las políticas de armas y de combate frontal a su tráfico ilegal. Los congresistas federales de California pronto tendrán que atender la petición. Algo está pasando en la política local, tal vez en ella está la esperanza para el fin de la prohibición de la guerra contra las drogas y el control de armas, en lugar de la presión y coordinación internacional. Y, a la vez, parece estar lista para pensar sus asuntos de manera binacional. Quizá la batalla no está en Washington, sino en nuestra frontera común.

Las luces negras: Una coalición por el tejido social

Hay 27 mil casas abandonadas en Baltimore, lugar donde ocurre la célebre serie policiacaThe Wire, por culpa del desempleo y la violencia en las calles. Un fiel y elocuente acompañante de la caravana sirvió de anfitrión: los ex policías y funcionarios contra la prohibición de las drogas (LEAP). Ésta es la ciudad natal de Neil Franklin, su director. Aquí vive su familia y aquí fue donde perdió a su compañero en una operación encubierta. Algunos de los miembros locales de LEAP participaron en la serie televisiva y saben que la prohibición no es la respuesta. El célebre ex alcalde de la ciudad, Kurt Schmoke, también participó y le dio aliento a la caravana durante su paso. En el parque Irvington, Mrs. Kimberly Armstrong toma la palabra y dice: “No sé hablar español, pero sí sé lo que es perder un ser querido. Pasé ocho años sin saber quién mató a mi hijo. Un día la policía tocó la puerta y me dijo que había sido un niño de 14 años con un rifle de asalto. ¡Cómo es posible que un niño haya tenido un arma así”. “¿Y ahora qué? ¿Vamos a meter a la cárcel a todos los niños del barrio?”, pregunta. Estados Unidos tiene una proporción escandalosamente alta de prisioneros. La mitad de la población carcelaria está en reclusión por crímenes no violentos, más de 20% por crímenes no violentos están relacionados con las drogas. La mayoría de ellos son afroamericanos y latinos. Es la otra cara de la prohibición. La poderosa Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP) envió a un representante local a dar un discurso en casi cada evento de la caravana, no falló casi nunca. Las comunidades afroamericanas saben que la guerra contra la prohibición es una guerra común. En Chicago, a la marcha le tocó el atardecer mientras avanzaba hacia la zona afroamericana de Pulaski/Garfield Park. La supuesta rivalidad entre latinos y afroamericanos no apareció por ningún lado. El contingente avanzó hasta New Pilgrim Mount Baptist Church. El reverendo Hatch hablaba en el estrado: “Nos volveremos a encontrar. Porque ahora ya conocemos al enemigo en común. Sabemos que la guerra contra las drogas es una guerra contra la gente pobre”. Hasta los líderes nacionales de la polémica Nación del Islam se aparecieron para apoyar a la pequeña caravana. El contingente mexicano prefirió no asociarse con ellos, pero su presencia muestra, al menos, lo apetecible de la causa común. Marchando por las calles de Harlem una experta en el tema, la profesora Suzanne Oboler, insistía: “Una coalición así es la esperanza del futuro político de este país”. Después hizo referencia a una historia de organización de uniones afromexicanas en el delta del Mississippi, severamente explotados durante la reconstrucción posterior al huracán Katrina. Una historia conmovedora y exitosa de alianza en los márgenes de la sociedad.

Los latinos y el activismo

Washington y Nueva York, tradicionalmente, son ciudades donde lo mejor del activismo no necesariamente ocurre en las calles, sino en las oficinas, entre líderes sociales, cabilderos y políticos. De hecho, al interior de la caravana hubo algunas diferencias de estilo y estrategia. El cabildeo de mexicanos en Estados Unidos se hace más en oficinas que en las calles. Hasta hace muy poco en que empezaron a cambiar las cosas. Lo cierto es que esta caravana es un ejemplo pequeño pero ejemplar de este cambio. Los dreamers son otro. Uno de los participantes más prominentes de la caravana fue Roberto Lobato, cofundador y estratega de Presente.org, una organización que coordina el activismo en línea de algunas de las organizaciones más importantes de latinos en Estados Unidos. Él recuerda cómo en el caso de los salvadoreños los procesos de organización política se aceleraron en Estados Unidos por el problema de la guerra civil. Ése no fue el caso de los mexicanos. Explica que el movimiento de asilo político fue fundamental, no sólo para el caso salvadoreño, sino para el chileno, el haitiano, el guatemalteco, etcétera. El caso mexicano —subraya— no había tenido un momento así, hasta ahora. En la caravana viajan dos muchachos jóvenes representando varias familias del Valle de Juárez que piden asilo político. Las palabras de Lobato parecen sugerir que México ya está pagando también su cuota de sangre, la que otros habían pagado antes y que tanto les sirvió para organizarse políticamente en territorio estadunidense. Esta caravana es binacional: “nos incluye a nosotros aquí, a organizaciones que se preocupan por el sistema industrial penitenciario y otras organizaciones que quieren despenalizar”, dice Lobato. De hecho, “entre latinos y afroamericanos ha habido un largo diálogo, pero entre afroamericanos y mexicanos… eso no tiene precedente”. Roberto ve con optimismo el futuro de esta nueva forma de activismo. “Ahora sí ha llegado el momento de México en Estados Unidos”, sentencia. Quizá tenga razón. Epílogo: La otra diplomacia El embajador mexicano, Arturo Sarukhan, recibió a la caravana después de dudarlo, con pocas cámaras y con una formalidad engolada. Las palabras del embajador fueron emotivas y solidarias, tanto que parecieron distantes. El sexenio está por terminar, el Departamento de Estado fue receptivo, hubo muchas simpatías locales y la caravana le dio una nueva dimensión, si no numérica sí cualitativa, a una de las agendas en la que se ha tenido poco éxito diplomático. El espíritu original de la Iniciativa Mérida se ha ido desgastando y ya se puede ver un consenso en formación sobre la necesidad de modificarla. Cuando toda la política es política local, las redes descentradas de iniciativas ciudadanas pueden convertirse en los mejores aliados. La diplomacia mexicana no tendría por qué desconfiar de las nuevas formas de activismo transnacional. La caravana no sólo fue una protesta excéntrica, fue muchas cosas y también fue un ejercicio de imaginación política: si a Estados Unidos le interesan los derechos humanos en México, a México le interesa el tejido social estadunidense, la política local y la integración étnica. Bien podrían ser temas de interés común en el futuro cercano: en las discusiones de seguridad regional y también, por qué no, de economía, de negocios, de desarrollo. Tom Hayden tituló su artículo para The Nation: “Javier Sicilia to Americans: Don’t Leave Us Alone”. Visto desde la perspectiva de muchas asociaciones de activistas de la frontera, de comunidades negras del sur y de comunidades de latinos, el título también pudo haber sido “Americans to Caravan4Peace: Don’t Leave Us Alone”. La prohibición de las drogas es una oportunidad política, es un asunto con efectos atroces, es una tragedia humana gigantesca que ocurre en la puerta de nuestras casas en Morelos y en Montgomery: Don’t leave them alone. 

Mario Arriagada Cuadriello.

Internacionalista por El Colegio de México y politólogo por la London School of Economics. @marriagad

1 Versión de Jorge Hernández Campos.

2 Nick Miroff y William Booth, “Middle-class Mexicans snap up more products ‘Made in USA’”, Washington Post, septiembre 9 de 2012.

Publicado originalmente en Nexos

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