Washington, D.C. 11 de septiembre del 2011.-
Durante el último mes he leído opiniones de colegas que menosprecian o minimizan a la Caravana por la Paz por considerarla ingenua y poco sofisticada. También han salido visiones optimistas que describen la Caravana como el amanecer de una nueva etapa inspirándose, tal vez sin saberlo, en aquella frase pronunciada por Lincoln Stephens después de visitar en 1919 la entonces recién nacida Unión Soviética: “I have seen the future and it works.” “he visto el futuro y sí funciona”.
La Caravana no es ejemplo de intrascendencia ni tampoco es un parteaguas. Durante un mes sembraron semillas siguiendo el sendero que abrieron hace ya algunas décadas otros latinoamericanos.
Acompañé a la Caravana en sus primeras jornadas. Estuve en Tijuana, San Diego y Los Ángeles. Cuando regresé al Distrito Federal alguien me transmitió una duda: ¿por qué te involucras tanto si no eres víctima y no eres parte de esa fraternidad del dolor? En ese momento respondí con una obviedad pero la pregunta me sirvió para ordenar mis ideas y sentimientos, mis convicciones y aspiraciones.
Acompaño y apoyo esta Caravana porque he vivido muy de cerca dos guerras y por una razón personal que mencionaré cuando, en unos minutos, cierre mi presentación.
La primera fue la Guerra Sucia de los años sesenta y setenta. Formo parte de una generación que se rebeló contra el autoritarismo; algunos lo hicieron tomando las armas, otros tomamos la vía pacífica. El costo en vidas y sufrimiento fue enorme.
Pero lo más terrible fue el silencio y la impotencia. Por aquellos años eran muy pocos –en México o el exterior– los que se interesaban por las violaciones a los derechos humanos o los fraudes electorales.
En México los derechos humanos eran visto cómo un instrumento del imperialismo; en Estados Unidos volteaban la mirada hacia el infinito con tal de no ver lo que pasaba en la casa del vecino.
Terminamos derrotando al escepticismo. La unidad de las víctimas y el trabajo de académicos, periodistas y funcionarios fueron cambiando los paradigmas culturales en México y Estados Unidos. Cada vez se acepta más que en México hubo graves violaciones a los derechos humanos y ese antecedente legitima la tarea informativa que ha venido haciendo la Caravana sobre lo que está pasando en México.
Mi segunda experiencia con las guerras la adquirí con los conflictos centroamericanos. Durante los años ochenta combiné la investigación, la difusión periodística y el trabajo humanitario en Chiapas y los países centroamericanos. De manera simultánea me involucré en Washington en las movilizaciones y los debates sobre esas guerras y entendí la importancia de que las sociedades se unan en la defensa de los derechos más elementales.
Un par de aclaraciones. Llegué en 1975 a SAIS-Johns Hopkins a estudiar para mi doctorado y estuve presente cuando se intensificaron las relaciones entre las sociedades de América Latina y Estados Unidos. Se trata de una interlocución cualitativamente diversa. Siempre había habido relaciones muy fuertes entre los sectores conservadores del hemisferio; en los setentas y ochentas por primera vez se estableció un entendimiento de largo plazo entre quienes favorecíamos el cambio.
Esa etapa deja lecciones útiles para darle un mejor contexto a la Caravana por la Paz. La solidaridad entre sociedades es veleidosa. Para lograr sus favores debe cortejársele con compromiso, delicadeza, inteligencia y paciencia. Una complejidad inevitable porque se trata de conciliar ideologías, nacionalidades, género, intereses de poderes fácticos, inercias burocráticas y culturas políticas. Son equilibrios forzados que van tejiéndose y deshaciéndose constantemente en una constante oscilación entre el acuerdo sobre principios muy básicos y el jaloneo sobre estrategias y prácticas.
Esta tensión, bastante creativa por cierto, se ejemplifica con uno de los eventos más simbólicos de los años ochenta: la boda de Melinda Rorick, estadunidense comprometida con el cambio en América Central, y Francisco Altschul, salvadoreño que representaba al FDR-FMLN. Aquel día en una mansión de Virginia se reunió todo el Washington liberal y progresista. Lo más simbólico de aquel evento es que se realizó en la casa de James Monroe, el presidente que escribió la Doctrina Monroe, uno de los documentos más arrogantes y unilaterales en la historia hemisférica.
Se celebraba mientras se discutía con gran intensidad sobre las estrategias, los métodos y los proyectos correctos o adecuados. Había por supuesto una gran diversidad entre CISPES, Committee in Solidarity with the People of El Salvador o el Movimiento Santuario o WOLA. Ni que decir de las tensiones al interior del FDR-FMLN o entre los representantes oficiosos de la URNG Guatemalteca.
¿Qué fue lo que mantuvo unidas estas coaliciones y les permitió reorientar la política exterior estadunidense abriéndole una oportunidad al cambio? ¿por qué tuvieron éxito? Pensando en aquellos años la principal razón estuvo en que el principal lazo de unión fue lo humanitario. A todos nos unía el deseo de frenar las agresiones contra la dignidad humana cometidas por los Somoza, los militares guatemaltecos y la ultraderecha salvadoreña.
Las formulaciones teóricas tenían una gran utilidad pero nuestra unidad vino del compromiso con la vida. Ese acuerdo elemental permitió convencer a buena parte de la opinión pública, a los congresistas y al establishment de política exterior. El mensaje era simple: Estados Unidos no podía pregonar el respeto a los derechos humanos mientras financiaba escuadrones de la muerte o toleraba las aldeas estratégicas.
Toda proporción guardada la Caravana por la Paz viene a tocar las puertas de Washington porque México vive una tragedia humanitaria insoportable. México es gobernado por una élite incapaz de darnos protección porque es prisionera de los poderes fácticos. La impunidad, el cinismo y la corrupción es lo que nos empujan a buscar comprensión y ayuda fuera de nuestras fronteras.
El gobierno de Felipe Calderón no ha cumplido sus compromisos con las víctimas agrupadas en el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y tampoco es capaz de hacer funcionar un mecanismo para proteger a los periodistas y los defensores de derechos humanos amenazados. Es un gobierno jilguero: canta muy bonito pero no hace absolutamente nada. El viernes pasado la Secretaría de Gobernación volvió a engañarnos y en protesta 24 organizaciones defensoras de derechos humanos abandonaron una reunión amañada.
Para combatir nuestra indefensión necesitamos el apoyo externo y en Estados Unidos eso requiere combatir las indiferencias y negaciones. Washington tiene responsabilidades que atender y una de ellas es reconocer que en mi país llevamos unos 60 mil muertos contabilizados y que hay un contrabando masivo e ilegal de armas que arman a las legiones de sicarios que nos amenazan, secuestran, torturan y asesinan.
Durante un mes la Caravana ha sembrado las semillas de un diálogo entre sectores de ambas sociedades. Para que las semillas germinen y florezcan tendremos que vencer bastantes obstáculos. Hay diferencias entre quienes venimos de México y quienes nos reciben en Estados Unidos. Para hacerlas manejables recordemos siempre que el nuestro es un pacto a favor de la vida y la dignidad humana. Si olvidamos ese principio elemental nos convertiremos en cómplices involuntarios de los verdugos.
Termino con dos reflexiones.
El 8 de mayo del 2011 fui en el DF a recibir la marcha a la que había convocado Javier Sicilia. Conversaba en una banqueta sombreada con Miguel Ángel Granados Chapa, cuando Daniel Gershenson vino por nosotros para que saludáramos al poeta. Javier primero nos abrazó, luego nos besó y después nos invitó a sumarnos. Miguel Ángel estaba débil por su enfermedad y se excusó. Mi familia se sumó a la Marcha y cuando llegamos al estrado del Zócalo me pusieron junto a la madre de una jovencita de 19 años primero secuestrada, después torturada y finalmente asesinada.
Los detalles me conmovieron porque esa familia vive a unas cuantas cuadras de mi casa. Somos vecinos. Aquella jovencita pudo haber sido mi hija, ahora embarazada. La dolorosa madre me regaló una foto de su hija que coloqué junto a los retratos de todos los míos. Cada día los contemplo y pienso en las víctimas presentes y también en las futuras. Cualquier mexicano es candidato potencial a engrosar la lista de las víctimas de una guerra que atizan las acciones y omisiones de Estados Unidos de América. Que no se nos pida paciencia y silencio ante la barbarie de unos y la ineptitud de otros.
El buen vecino se preocupa por quienes viven cerca de él. Estados Unidos es un vecino veleidoso. A veces es solidario en otras ocasiones indiferente.
En marzo de 1941 el Congreso de este país aprobó la Ley de Préstamos y Arriendos para entregar equipo bélico y humanitario a los aliados amenazados por los países del Eje. Franklin Delano Roosevelt pronunció una frase que resume esta Ley: se trata de “ayudar a apagar el fuego en la casa del vecino antes de que tu casa se incendie y termine hecha cenizas”.
Washington no es un buen vecino con México. Eso es lo que venimos a decir al establishment de Washington, a los que viven dentro del circuito (inside the Beltway) y a la sociedad: ayúdennos a apagar el fuego antes que los incendie a ustedes. Va en su interés y seguridad nacionales hacerlo. Como en la Segunda Guerra Mundial ignorar la conflagración es suicida, incorporar el humanitarismo a la política exterior es una señal de sabiduría. Gracias.
Palabras leidas en Woodrow Wilson Center, consúltalo en PDF.
Sergio Aguayo, es Profesor de El Colegio de México, presidente de Propuesta Cívica e integrante del Board del Mexico Center del Woodrow Wilson Center.

















