Comienzo con un poema de Emily Dickinson: “Sentí un funeral en mi cerebro,/ los dolientes iban y venían arrastrándose, arrastrándose, hasta que pareció/ que el sentido se quebraba definitivamente.// […]// Los escuché levantar una caja/ y crujir a través de mi alma/ nuevamente con sus zapatos de plomo/ y el espacio empezó a repicar// como si el cielo fuera una campana/ y el ser solamente un oído,/ y yo y el silencio una raza extraña,/ náufraga, solitaria, aquí// […] ”.
I felt a funeral in my brain, And mourners, to and fro,/ Kept treading, treading, till it seemed/ That sense was breaking through.// […]// And I hear them lift a box,/ And creak across my soul/ With those same boots of lead,/ Then space began to toll// As all the heavens were,/ And being but an ear,/ And I and silence some strange race,/ Wrecked, solitary, here.// […]
Por los muertos de esta absurda guerra contra las drogas que llevamos como un inmenso funeral en nuestras almas, pido un minuto de silencio.
Después de miles de kilómetros recorridos hemos llegado aquí, a Chicago, como esa raza extraña, náufraga y solitaria, de la que habla Dickinson, que lleva un pueblo de muertos consigo. No es un azar que lleguemos así a este lugar. Chicago no es sólo la cuna de la arquitectura moderna, el signo del concreto y del acero domesticado por el arte que la Escuela de Chicago entregó al mundo; no es sólo el lugar en que muchos de nuestros migrantes encontraron un sitio donde vivir y ganarse honradamente su pan. Es también el símbolo del gangsterismo y la barbarie que la prohibición del alcohol trajo a los Estados Unidos en los años 20, y el signo de esa misma raza extraña, náufraga y solitaria que durante esa década, llevó también como nosotros hoy, un pueblo de muertos consigo.
La gran cultura, los siglos de civilización reelaborados por la Escuela de Chicago, miraban desde los rascacielos cómo el puritanismo, esa forma sutil de la barbarie, y el gangsterismo, se adueñaban de las calles, de los barrios, de la vida civil de Estados Unidos, y destruían la cultura, la civilidad, la democracia y sus libertades. Cuarenta años después de que el presidente Roosevelt derogó la Ley Volstead que puso en vigor la guerra contra el alcohol y salvó la democracia restaurando la civilidad en los Estados Unidos, el alzheimer social se instaló en la sociedad estadounidense. Al igual que el senador Andrew Volstead en los años 20 celebró, junto con buena parte de la sociedad, la prohibición del alcohol en Estados Unidos, Richard Nixon en la década de los 70, olvidando todo lo que la Ley Volstead había traído de barbarie, y con el beneplácito de una buena parte de la sociedad mundial, declaró para el mundo entero “la guerra contra las drogas”. “El enemigo público número uno de Estados Unidos —dijo el 17 de junio de 1971— es el abuso de las drogas. Para poder luchar y derrotar a ese enemigo es necesario llevar a cabo una ofensiva nueva […] una ofensiva a escala mundial […] con estadounidenses desplegados en el extranjero […] con ello declaro la guerra contra las drogas”.
Cuarenta años después, “el demonio” de la droga no hizo su testamento como lo soñó Volstead con “el demonio del alcohol”; tampoco surgieron y han surgido de aquella prohibición y de esta guerra “ideas claras y limpios modales”, ni “los barrios bajos” se han vuelto “cosas del pasado”, ni “las cárceles y las correccionales” han quedado vacías”, ni se han transformado “en graneros y fábricas”, ni los hombres han vuelto “a caminar erguidos”, ni “las mujeres a reír”, ni “los niños a sonreír”. Nunca “se cerraron —como lo soñó Volstead y, a través de esta guerra, Nixon, las subsecuentes administraciones estadounidenses y una buena parte de los gobiernos y de las sociedades del mundo— las puertas del infierno”. Por el contrario, se han vuelto a abrir de par en par como sucedió en los años 20 en los Estados Unidos, pero ahora para Colombia, México, Centroamérica y el mundo entero.
Lo que tenemos, como si las consecuencias de la prohibición del alcohol se volvieran a reeditar de una forma inmensa, es una demanda de droga que no desaparece, graneros que sirven para distribuirla y fábricas clandestinas que la producen sin control ni calidad destrozando a sus consumidores, aumento del robo, del crimen, de la extorsión, corrupción de miles de funcionarios y policías, acumulaciones ilícitas de capitales como nunca lo han soñado las grandes corporaciones, cárceles y correccionales repletas, bandas y gobiernos que se destrozan entre sí por el control de los territorios, violencia sin fin, multiplicación del gangsterismo y la barbarie, y la rápida reducción de la comunidad humana y de la cultura a una raza como la que hoy representamos nosotros, extraña, náufraga y solitaria.
Esta raza, que lleva a cuesta a sus muertos y a sus desaparecidos y que cruje con sus zapatos de plomo, hace hoy en Chicago repicar con su dolor el cielo para decirles que ustedes, que desataron esta guerra, y nosotros y el mundo entero, que la aceptamos y la instalamos en nuestros territorios, somos responsables de este horror. Para decirles que la democracia que Estados Unidos entregó al continente americano, y antes que Francia, al mundo entero, está en peligro bajo el peso de esta guerra inútil cuya barbarie se extiende como una gangrena por todas partes, y decirles que debemos detenerla juntos por las vías de la compasión, de la paz y de las libertades.
Por eso desde aquí, desde estas calles, que hace 90 años vivieron de manera emblemática el terror, el horror y la barbarie de la violencia que azotó a los Estados Unidos con la prohibición del alcohol; bajo estos rascacielos, símbolos de la modernidad y de milenios reeditados de cultura humana, les pedimos a los ciudadanos de Estados Unidos y al gobierno de Barak Obama que recuerden al presidente Roosevelt y que como él, en un gesto de defensa de la democracia y de sus libertades, decreten, junto con el gobierno mexicano y los gobiernos del mundo, el fin de la guerra contra las drogas y las sometan, como otrora Roosevelt lo hizo con el alcohol, a las leyes férreas del mercado y de los controles del Estado; para que juntos actuemos para impedir que las armas de exterminio circulen irresponsable e ilegalmente; para que juntos pongamos un coto a los bancos que lavan dinero y podamos así reducir el verdadero crimen: la corrupción, la trata de personas, la extorsión; para que juntos busquemos en la compasión y el consuelo la justicia del pueblo doliente de las víctimas, y podamos abrazar como a nosotros mismos a los migrantes, a los desplazados, a los acosados por el sufrimiento de la guerra y la miseria, a los huérfanos, a las viudas y a los que hemos perdido a nuestros hijos en esta absurda guerra, para que al fin el ser —como en el poema de Dickinson— no tenga que volver a escuchar el repicar fúnebre del cielo por esta raza humana que la barbarie ha vuelto extraña, náufraga y solitaria.


















