Comienzo con unos versos de The Hill de Edgar Lee Masters: “[…] Todos, todos están durmiendo en la colina.// Les trajeron hijos muertos de la guerra/ e hijos e hijas destrozados por la vida/ y sus chiquillos huérfanos, llorando,/ todos, todos están durmiendo, durmiendo en la colina […]”.
All, all are sleeping on the hill.// They brought them dead sons from the war,/ And daughters life had crushed,/ And their children fathers, crying,/ All, all are sleeping, sleeping, sleeping on the hill.
Por todos aquellos que duermen en las colinas, en las casas de refugiados, y que no sólo tienen hijos e hijas muertas por esta absurda guerra contra las drogas, sino que, perseguidos, desplazados, escuchando el grito sin fin de los huérfanos, no encuentran reposo ni justicia. Por todo su dolor que es el dolor de una colina de muertos que no termina, guardemos un minuto de silencio.
Cuando hace más de un año, al final dela Caravanadel Consuelo que recorrió el norte de México para abrazar el dolor de las víctimas de esta dolorosa guerra contra las drogas, llegamos aquí, a El Paso, Texas, encontramos un dolor nuevo: el de mexicanos y centroamericanos a quienes el crimen organizado no sólo les ha asesinado en México a sus familiares, sino a los que policías corruptos vinculados con el crimen han amenazado y han tenido, contra su deseo y su grito de justicia, que pasar la frontera para evitar la muerte. Son indocumentados, desplazados, exiliados sin exilio, migrantes, víctimas sin justicia que junto con el asesinato de sus hijos e hijas han perdido sus casas, su vida, su patria; seres absolutamente desprotegidos tanto por el Estado mexicano como por el norteamericano; seres humanos que, si no han sucumbido, ha sido por el amor de otros que, como los que hacen posible los albergues dela Casa Anunciación, los abrigan, los alimentan, los protegen.
Nada puede justificar eso, nada en pleno siglo XXI y en la era de las democracias. Sin embargo, están allí como testigos mudos de una crueldad que no podemos permitir porque humilla y pone en entredicho no sólo la democracia, sino la justicia y la humanidad misma.
Estos desplazados, estos migrantes —muchos de los cuales ni siquiera alcanzan a llegar a los Estados Unidos porque en México desaparecen asesinados o esclavizados por bandas criminales en complicidad con funcionarios del Instituto Mexicano de Migración y de policías y soldados corruptos—, no sólo son el rostro de la vulnerabilidad y de la injusticia absolutas, sino de una política migratoria que se complica a causa de la guerra y que va construyendo un imaginario social que lejos de ayudarlos los criminaliza y los humilla.
Los desplazados y los migrantes, que son víctimas de la miseria económica, de los criminales y de los gobiernos, son despreciados al llegar a Estados Unidos, son perseguidos como animales por la policía y entregados, cuando se les deporta, a las bandas del crimen y de un Estado que nunca los ha protegido.
Son las leyes, nos dirán, y un problema que tienen que resolver sus gobiernos y ustedes mismos. Y tienen razón. Pero nosotros les decimos que ese problema se complica a causa de una guerra que viene de los Estados Unidos, una guerra que, al querer evitar el consumo de drogas de 23 millones de ciudadanos norteamericanos, está contribuyendo a la violencia de las fuerzas armadas de México —que violan constantemente los derechos humanos—, al reforzamiento de la violencia del crimen —a través del tráfico ilegal de armas—, y, además, a la construcción en la conciencia de los estadounidenses de que los desplazados y los migrantes, que vienen de esas zonas de dolor, son delincuentes.
El consumo de la droga en Estados Unidos no ha bajado —hay incluso entre ustedes, artistas como Paris-Hilton y Charlie Sheen, que promueven su consumo sin que el gobierno estadounidense ni la sociedad hagan nada—. En cambio, esta absurda guerra en la que Estados Unidos invierte en violencia miles de millones de dólares, no sólo ha generado casi 70 mil muertos en México, más de 20 mil desaparecidos y decenas de miles de huérfanos y viudas que día con día aumentan, sino que ha generado grandes desplazamientos de seres humanos a Estados Unidos, perseguidos por la violencia, la inseguridad y la corrupción, y ha agravado el problema migratorio.
El asunto, por lo tanto, no es sólo un asunto de nuestro gobierno y de nuestro país, sino también del gobierno de Estados Unidos y de sus ciudadanos que lo permiten. El problema, por lo tanto, es compartido y nos obliga tanto a los ciudadanos de Estados Unidos como de México a resolverlo juntos haciéndolo una prioridad de las agendas políticas de ambos países.
¿Qué pueden hacer? Primero, mirar compasivamente a los desplazados de esta guerra y protegerlos y dignificarlos en su humanidad; no son criminales, son seres vulnerados, humillados y perseguidos; segundo, aceptar que los migrantes son parte de la vida y de la grandeza de los Estados Unidos; tercero, pedir la regularización de la droga, es decir, que el gobierno de Estados Unidos, de México y del mundo entero, como algún día lo hicieron con el alcohol, la someta a las leyes férreas del mercado y de los controles de los Estados; cuarto, exigir al gobierno de Estados Unidos no sólo que el dinero que envía a México para el combate a las drogas se destine para rehacer el tejido social de las comunidades más pobres y para refundar las instituciones corrompidas del país, sino exigirle que, junto con ello, ponga un cerco duro al flujo ilegal de armas; quinto, exigir tanto al gobierno estadounidense como al mexicano un ataque frontal y claro al lavado del dinero y a las instituciones bancarias que lo consienten y lo auspician.
Sólo así se podrá contribuir a poner fin al dolor de México, a humanizar la vida de los migrantes y de los desplazados en Estados Unidos, y a disminuir su flujo. Sólo así podremos salvar la vida democrática que la guerra está destruyendo y hacer posible que ya no nos traigan a nuestros hijos muertos, a nuestros hijos e hijas destrozados, y a consolar el grito de los huérfanos que lloran. Sólo así habremos contribuido a salvar la paz.
21 de agosto de 2012, El Paso, Texas


















